Episodio 133. Yoga más allá de la esterilla.
Qué pasa cuando tu práctica de yoga dura 24 horas y no 60 minutos
Cuando eres principiante, el yoga sucede principalmente sobre la esterilla. Llegas a clase, colocas tu esterilla, haces tus asanas, respiras, terminas con unos minutos de relajación y vuelves a casa. Durante esa hora notas que algo cambia: estás más tranquila, más presente, quizá incluso más conectada contigo misma.
Pero después llega el día a día. El tráfico que te pone nerviosa, las prisas, una discusión, una noche en la que duermes mal, esa comida que haces con prisas porque no has tenido tiempo de cocinar, el diálogo interno que aparece cuando cometes un error o la tendencia a exigirte demasiado cuando no consigues hacer aquello que te habías propuesto.
Y cuando llevas así un tiempo aparece una pregunta interesante: ¿dónde está el yoga cuando no estás haciendo yoga?
Porque si el yoga solamente funciona durante los 60 minutos que pasas sobre la esterilla, quizá estamos entendiendo una parte muy pequeña de lo que puede ser una práctica. La esterilla puede ser el lugar donde entrenamos determinadas capacidades, pero la vida cotidiana es el lugar donde realmente podemos comprobar si las estamos desarrollando. Ahí es donde empieza otra forma de practicar: una práctica que no dura una hora, sino que puede acompañarte durante las 24 horas del día.
Pero antes de empezar te voy a invitar a echar un vistazo los cursos de yoga online en los que te enseño a tener una práctica personal adaptada a tus necesidades, con una guía clara, para recupera tu paz interior y vivir con mayor propósito gracias al yoga, la meditación y el camino del autoconocimiento.
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El yoga no termina cuando enrollas la esterilla
Es fácil pensar que practicar yoga consiste en hacer asanas. Y, en cierto sentido, es lógico: es la parte que más vemos y probablemente la que nos llevó inicialmente hasta el yoga. Pero el yoga tradicional plantea un camino mucho más amplio.
Asana es una parte de ese camino. También están la respiración, la concentración, la meditación, la ética, la relación con los demás y con uno mismo, la observación de la mente y toda una filosofía orientada a comprender cómo vivimos y cómo nos relacionamos con nuestra experiencia.
Por eso, cuando hablamos de llevar el yoga fuera de la esterilla, no estamos diciendo que tengas que estar todo el día pensando en yoga, repitiendo mantras o comportándote como si vivieras en un ashram. Es algo bastante más sencillo: se trata de empezar a utilizar aquello que aprendes durante tu práctica cuando la vida real te pone delante una situación que no viene acompañada de música suave, incienso y una profesora diciéndote que respires.
Porque ahí es donde se pone interesante.
Tu práctica también aparece en la forma en la que te hablas
Imagina que llegas a casa después de un día complicado. Has cometido un error en el trabajo, has pillado atasco y, para rematar, has acabado cenando cualquier cosa delante del ordenador.
Suele pasar que empizas a hablarte como probablemente no hablarías a ninguna persona que quieres: «Soy un desastre», «cómo puedo ser tan torpe», «no tengo fuerza de voluntad», «otra vez lo mismo».
Aunque no lo parezca, ese diálogo interno también forma parte de tu práctica.
Y aquí la filosofía del yoga puede resultar mucho más útil que cualquier postura complicada. Una de las cosas que aprendemos cuando empezamos a observar la mente es que no todo lo que pensamos es necesariamente cierto. Los pensamientos aparecen, generan una reacción y muchas veces terminamos identificándonos completamente con ellos.
Practicar no significa conseguir que la mente deje de producir pensamientos incómodos. Significa empezar a reconocerlos. Puedes darte cuenta de que estás entrando en una espiral de autocrítica y detenerte antes de convertir un error concreto en una conclusión sobre toda tu persona. Puedes observar que estás comparándote con alguien y preguntarte qué está ocurriendo realmente. Puedes detectar que estás anticipando algo que todavía no ha sucedido y aprender a crear un pequeño espacio entre lo que ocurre y la respuesta automática que aparece.
Eso también es yoga. Y probablemente sea bastante más importante para tu vida que conseguir hacer una postura más avanzada.
La alimentación también puede formar parte de tu práctica
Cuando hablamos de yoga y alimentación, existe el riesgo de caer rápidamente en una lista de alimentos «yóguicos» y otros que supuestamente no lo son. Pero la relación entre alimentación y yoga puede plantearse desde otro lugar: ¿qué relación tienes con la comida?
¿Comes siempre con prisas? ¿Te cuesta identificar cuándo tienes hambre y cuándo simplemente estás cansado, aburrido o estresado? ¿Comes mientras trabajas y prácticamente ni recuerdas lo que has comido? ¿Te pasas el día intentando controlar lo que comes y después terminas comiendo con ansiedad?
Observar estas cosas puede ser mucho más interesante que memorizar una lista de alimentos permitidos o prohibidos. El yoga invita a desarrollar una mayor capacidad de observación, y esa observación también puede aplicarse a la manera en la que comemos.
Quizá descubras que determinados alimentos te sientan especialmente bien y otros no tanto. Quizá notes que comer demasiado deprisa afecta a tu digestión. Quizá empieces a diferenciar mejor entre hambre física y necesidad de desconectar.
Y también puedes descubrir algo menos cómodo: que en ocasiones utilizas la comida para regular emociones.
No hace falta juzgarlo. Sólo tomar conciencia. La práctica empieza muchas veces ahí: en darte cuenta de lo que haces sin convertir inmediatamente ese descubrimiento en otro motivo para castigarte.
Descansar también es practicar
Vivimos en una cultura que suele valorar mucho la actividad. Hacer más, aprovechar el tiempo, ser productivos, levantarnos temprano, entrenar, trabajar, estudiar, avanzar. Incluso el yoga puede convertirse en otra cosa que tenemos que hacer correctamente: «Hoy no he practicado», «llevo tres días sin meditar», «debería hacer más».
Y así, una práctica que nació para ayudarnos a estar más presentes puede acabar convertida en otra fuente de exigencia.
Pero descansar también forma parte del cuidado. Dormir lo suficiente, respetar los momentos de recuperación y reconocer cuándo necesitas bajar el ritmo no son señales de falta de disciplina. A veces son precisamente una muestra de que has aprendido a escuchar.
Y escuchar no significa hacer siempre lo que te apetece. Esta distinción es importante. Una práctica consciente no consiste en decir «hoy no me apetece» y utilizar el autocuidado como excusa para evitar cualquier esfuerzo. Pero tampoco consiste en obligarte continuamente a hacer más porque tienes miedo de estar siendo demasiado blando contigo mismo.
Entre ambos extremos existe un lugar mucho más interesante: saber qué necesitas y actuar en consecuencia. Algunas veces necesitarás descansar. Otras necesitarás hacer aquello que llevas varios días posponiendo aunque no te apetezca. La práctica está también en aprender a distinguir una cosa de la otra.
¿Qué haces cuando las cosas no salen como esperabas?
Esta es una de las mejores formas de comprobar cuánto del yoga ha salido realmente de la esterilla. Porque mientras estás haciendo una práctica tranquila es relativamente sencillo sentirte presente. Lo interesante ocurre cuando alguien te lleva la contraria, cuando pierdes un tren, cuando tienes un día horrible, cuando alguien no responde como esperabas, cuando tu cuerpo no hace la postura que llevabas meses intentando o cuando algo por lo que has trabajado mucho no sale bien.
Ahí aparece tu práctica real.
No porque tengas que reaccionar siempre con calma. Eso sería una expectativa bastante poco realista. Sino porque puedes empezar a observar tus patrones. ¿Te enfadas inmediatamente? ¿Te culpas? ¿Buscas culpables? ¿Te desconectas? ¿Intentas controlar todavía más la situación? ¿Te quedas atrapado durante horas en una conversación que ya terminó?
El yoga no promete que nunca volverás a enfadarte, preocuparte o frustrarte. Puede ofrecerte algo más útil: la capacidad de observar lo que sucede en ti mientras está sucediendo. Y desde ahí aparece la posibilidad de responder de otra manera.
Una hora de práctica puede cambiar las otras veintitrés
Esta es, para mí, una de las ideas más bonitas de una práctica de yoga. No necesitas estar haciendo yoga todo el día. Necesitas que aquello que haces durante tu práctica empiece a tener consecuencias en el resto del día.
La respiración que entrenas sobre la esterilla puede acompañarte cuando estás nervioso antes de una reunión. La capacidad de concentración que desarrollas durante la meditación puede ayudarte cuando tu mente se dispersa constantemente. La conciencia corporal puede ayudarte a detectar que llevas horas tensionando la mandíbula o elevando los hombros. La filosofía puede ayudarte a cuestionar un pensamiento que antes dabas automáticamente por cierto.
La práctica de observar sin juzgar puede aparecer cuando te descubres comiendo por ansiedad o hablando contigo mismo de una manera demasiado dura. Y la capacidad de escuchar tus límites puede ayudarte a saber cuándo necesitas parar y cuándo, en realidad, necesitas hacer un esfuerzo.
Eso es llevar el yoga a la vida. No consiste en hacer más, sino en vivir de una manera más consciente aquello que ya haces.
La mentalidad yóguica no consiste en estar siempre en calma
También conviene desmontar una idea bastante extendida. Una persona que practica yoga no tiene por qué estar siempre tranquila, ni tiene que responder con serenidad a todo, sonreír ante cualquier dificultad o haber alcanzado un estado permanente de paz interior.
Eso sería convertir el yoga en otra exigencia imposible.
La práctica no consiste en eliminar todas las emociones incómodas. Consiste en desarrollar una relación diferente con ellas. Puedes sentir enfado sin convertirte completamente en tu enfado. Puedes sentir miedo sin dejar que el miedo tome todas tus decisiones. Puedes sentir tristeza sin interpretar automáticamente que algo va mal contigo. Puedes tener un pensamiento desagradable sin construir toda una historia alrededor de él.
La cuestión no es dejar de sentir. Es aprender a estar con lo que sientes sin reaccionar siempre desde el automatismo. Y esto requiere práctica. Mucha.
Del yoga que haces al yoga que eres capaz de vivir
Quizá por eso llega un momento en el que profundizar en yoga deja de significar simplemente aprender nuevas posturas. Quieres comprender qué estás haciendo y por qué. Quieres conocer mejor tu cuerpo, pero también tu mente. Quieres estudiar filosofía, pero no para poder repetir conceptos interesantes, sino para comprobar qué ocurre cuando intentas llevarlos a tu vida.
Quieres meditar, pero no para tachar otra tarea de tu lista, sino para desarrollar una relación diferente con tus pensamientos. Quieres cuidar tu alimentación, pero no desde la obsesión por hacerlo todo «perfecto», sino desde una mayor conciencia. Quieres descansar, pero también quieres aprender a diferenciar entre descanso y evasión.
Y quieres practicar porque sabes que la esterilla es un espacio de entrenamiento para algo mucho más grande: la vida.
El objetivo no es vivir en modo yogui las 24 horas
Puede parecer paradójico hablar de una práctica de 24 horas cuando precisamente acabamos de decir que no necesitamos estar pensando en yoga todo el día. Pero la idea no es añadir más cosas a tu agenda.
No necesitas levantarte a las cinco de la mañana, meditar durante una hora, hacer dos horas de asanas, cocinar recetas ayurvédicas y terminar el día leyendo los Yoga Sutras para considerar que estás llevando una vida yóguica. Eso sería convertir el yoga en otra lista de tareas.
Una vida yóguica puede ser mucho más cotidiana. Puede aparecer cuando decides respirar antes de responder a un mensaje que te ha molestado, cuando te das cuenta de que estás agotado y decides acostarte en lugar de seguir trabajando, cuando comes sentado y sin mirar el móvil, cuando reconoces que estás siendo demasiado duro contigo mismo, cuando haces tu práctica aunque no sea perfecta o cuando decides descansar porque eso es realmente lo que necesitas.
Son pequeños momentos, pero son precisamente esos momentos los que construyen una manera diferente de vivir.
El yoga no tiene que ocupar las 24 horas de tu día. Puede transformar las 24 horas de tu día.
Profundizar en yoga también significa aprender a llevarlo contigo
Quizá esta sea una de las razones por las que muchas personas sienten, después de varios años practicando, que necesitan algo más que asistir a clases. Ya no quieren simplemente que alguien les guíe durante una hora. Quieren entender, tener herramientas y ser capaces de construir una práctica propia y tomar decisiones conscientes sobre ella.
Quieren descubrir cómo aplicar aquello que estudian cuando están trabajando, comiendo, descansando, relacionándose o atravesando un momento difícil. Y eso requiere una profundización que vaya más allá de las asanas.
Porque el yoga no es únicamente lo que haces sobre la esterilla. También es lo que haces con aquello que aprendes cuando vuelves a tu vida.
Una práctica para las 24 horas
En Enyógate entendemos el yoga precisamente desde esta perspectiva: como una práctica que puede acompañarte dentro y fuera de la esterilla.
Por eso, profundizar en yoga no significa simplemente acumular más clases ni aprender posturas cada vez más complejas. Significa comprender mejor las diferentes herramientas que el yoga pone a nuestra disposición y aprender a utilizarlas de manera consciente.
La práctica física, la respiración, la meditación, la filosofía, el descanso, la alimentación y la relación con nuestra propia mente no son compartimentos aislados. Forman parte de un mismo camino. Y cuanto más comprendes ese camino, menos dependes de que alguien te diga qué tienes que hacer en cada momento.
Empiezas a observar, a decidir, a practicar y a integrar.
Eso es lo que buscamos trabajar en la Mentoría Samadhi: no solamente aprender más sobre yoga, sino hacer que el yoga tenga un lugar real en tu manera de vivir.
Si sientes que ya no buscas simplemente otra clase de yoga, sino una manera más profunda de comprender tu práctica y llevarla contigo fuera de la esterilla, quizá sea el momento de dar el siguiente paso.
Descubre la Mentoría Samadhi y profundiza en el yoga como camino de autoconocimiento y estilo de vida.
Te agradezco mucho que hayas decidido compartir este ratito de yoga conmigo, me encantará que me dejes un comentario en Spotify, en Youtube o en nuesto canal de Telegram y sobretodo, muchas gracias por unirte a La Escuela online en Enyógate.com, porque de esa manera lo que hago cobra sentido y además me ayudas a que pueda seguir ofreciendo espacios como este.
Te espero en el próximo episodio. Que tengas un día estupendo, consciente y lleno de sentido. Namasté.


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