Hiperlaxitud y yoga practicar sin forzar el cuerpo


Episodio 134. Hiperlaxitud y yoga: cómo practicar sin forzar el cuerpo

Hay una escena que se repite muchísimo en el mundo del yoga. Abres Instagram y aparece alguien haciendo una postura que parece imposible: una pierna detrás de la cabeza, una apertura de caderas enorme, una extensión de columna espectacular o una postura de equilibrio que parece desafiar todas las leyes de la física. La miras y piensas: «Yo también quiero hacer eso».

Y ahí puede empezar el problema.

Porque quizá esa persona lleva años trabajando esa postura. Quizá tiene unas características anatómicas que hacen que ese movimiento sea más accesible para ella. Quizá tiene una movilidad que tú no tienes. O quizá simplemente estás viendo una fotografía tomada durante un segundo, pero no sabes nada de cómo se ha construido esa práctica ni de lo que ocurre antes o después de la imagen.

Sin embargo, tú ves la forma final y empiezas a intentar reproducirla. Y cuanto más se parece tu cuerpo a la fotografía, más sientes que estás avanzando.

Pero en yoga, una postura más profunda no siempre significa una práctica más avanzada.

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Cuando confundimos flexibilidad con progreso

Uno de los problemas de las posturas avanzadas es que muchas veces asociamos la dificultad con la cantidad de movimiento. Si llego más lejos, he avanzado. Si puedo abrir más las piernas, he mejorado. Si puedo llevar la pierna más atrás, mi práctica es más avanzada. Si puedo entrar en una postura que antes no podía hacer, estoy progresando.

Y esto tiene una parte de verdad: desarrollar movilidad, fuerza, coordinación y control puede formar parte de una práctica física de yoga. El problema aparece cuando convertimos el rango de movimiento en el objetivo en sí mismo, especialmente cuando intentamos conseguir una forma que nuestro cuerpo no está preparado para sostener.

Porque una articulación puede permitirnos llegar bastante lejos sin que eso signifique que ese rango sea el más adecuado para nosotros.

La hipermovilidad es, precisamente, una característica que implica disponer de un rango de movimiento superior al habitual en una o varias articulaciones. No es una enfermedad por sí misma ni significa que una persona vaya a lesionarse necesariamente. De hecho, puede ser una ventaja en determinadas actividades. Pero también se ha relacionado con un mayor riesgo de algunas lesiones, dependiendo de la articulación, la actividad y el contexto.

Por eso hay una diferencia importante entre poder llegar y tener capacidad para controlar lo que ocurre cuando llegas.

Hiperlaxitud en la práctica de yoga

Ser flexible no es malo. Tener mucha movilidad tampoco. El problema aparece cuando utilizamos esa movilidad sin suficiente control o cuando empujamos constantemente hacia el final del rango porque creemos que ahí está el progreso.

Imagina una postura en la que puedes llevar una articulación cada vez más lejos. Tu cuerpo te permite hacerlo y, además, la fotografía que estás intentando imitar muestra precisamente ese extremo del movimiento. Puedes sentir que estás consiguiendo algo impresionante.

Pero la pregunta interesante no es solamente cuánto puedes mover una articulación. Es otra: ¿puedes controlar ese movimiento?

¿Puedes entrar y salir de la postura con control? ¿Puedes sostenerla sin depender exclusivamente de las estructuras pasivas? ¿Puedes mantener una respiración tranquila? ¿Puedes distinguir entre una sensación intensa de estiramiento y una señal de dolor? ¿Puedes modificar la postura cuando tu cuerpo te indica que ese día no es el momento?

Ahí empieza una práctica mucho más interesante que simplemente intentar llegar más lejos.

El cuerpo no tiene que parecerse a una fotografía

Una fotografía de Instagram tiene una característica importante: es una imagen. No te cuenta qué ha ocurrido durante los diez años anteriores. No te muestra cómo es la anatomía de esa persona, qué movilidad tiene de manera natural, qué fuerza ha desarrollado, cuánto tiempo lleva practicando esa postura o qué modificaciones necesita cuando su cuerpo cambia.

Y tampoco te muestra necesariamente cómo se siente.

Esto es especialmente importante cuando hablamos de yoga porque dos personas pueden intentar exactamente la misma postura y encontrarse con límites completamente diferentes. La forma de los huesos, las proporciones corporales, la movilidad articular, la fuerza, el control motor y la experiencia previa influyen en la manera en la que cada cuerpo puede realizar un movimiento.

Por eso copiar la forma externa de otra persona no siempre tiene sentido. Tu cuerpo no tiene que llegar al mismo sitio que el suyo para que tu práctica sea válida.

Cuando entra el ego en la práctica

Y aquí aparece una palabra que en yoga utilizamos muchísimo: el ego. Pero quizá merece la pena sacarla un momento del lenguaje espiritual y llevarla a algo mucho más cotidiano.

Ego puede ser esa voz que dice: «Tengo que conseguirlo». «Antes llegaba más lejos». «La persona de al lado puede hacerlo». «Llevo cinco años practicando, debería poder». «Si no puedo hacer esta postura, significa que no estoy avanzando». «Quiero hacerla porque quiero demostrarme que puedo».

No hay nada malo en tener objetivos. Tampoco en disfrutar aprendiendo una postura difícil. El problema aparece cuando dejamos de escuchar al cuerpo porque necesitamos conseguir una determinada imagen de nosotros mismos.

Entonces la postura deja de ser una herramienta de exploración y se convierte en una prueba. Y cuando una postura se convierte en una prueba que tenemos que superar, es mucho más fácil empezar a negociar con las señales que nos está dando el cuerpo: un poco más, solo un poco, hoy tengo que conseguirlo, ayer llegaba más lejos.

Y seguimos empujando.

El dolor no es una medalla

Existe una idea bastante extendida en algunas formas de entrenamiento: si duele, es porque estamos progresando. En yoga esta idea puede ser especialmente problemática.

Una práctica consciente no consiste en buscar dolor para demostrar nuestra disciplina. Las lesiones relacionadas con el yoga pueden producirse, aunque los estudios disponibles indican que las lesiones graves son poco frecuentes y que el yoga no se considera, en general, una actividad de alto riesgo. Algunos trabajos han encontrado asociaciones entre determinados movimientos o posturas y efectos adversos, especialmente cuando existe una práctica inadecuada o determinadas condiciones individuales.

Esto no significa que tengamos que tener miedo de practicar. Significa que merece la pena practicar con criterio.

El objetivo no es salir de cada sesión pensando «qué fuerte he estirado hoy». El objetivo es terminar sabiendo un poco más sobre tu cuerpo.

¿Y si la postura avanzada no fuera el objetivo?

Esta pregunta puede cambiar completamente la manera de practicar.

Imagina que quieres aprender una postura muy exigente de apertura de caderas. Puedes plantearlo como una carrera hacia la forma final: cuánto falta para llegar, cuántos centímetros puedo ganar, cuánto tiempo tengo que mantener el estiramiento.

O puedes plantearlo como una investigación. ¿Qué necesita mi cuerpo para acercarse a esta postura? ¿Necesito más movilidad? ¿Más fuerza? ¿Más estabilidad? ¿Más control? ¿Necesito aprender a utilizar una parte del cuerpo de otra manera? ¿Quizá mi anatomía hace que esta postura tenga un límite concreto para mí?

La segunda opción puede parecer menos espectacular, pero es mucho más cercana a una práctica consciente. Porque ya no estás intentando que tu cuerpo encaje en una postura. Estás intentando comprender qué ocurre cuando tu cuerpo se relaciona con esa postura.

Una postura no es mejor porque sea más profunda

Esta es probablemente una de las ideas que más me gustaría que te llevaras de este artículo.

Una postura no es mejor porque sea más profunda. No es mejor porque la rodilla llegue más cerca del suelo. No es mejor porque la pierna suba más. No es mejor porque puedas hacer una foto espectacular.

Y tampoco es peor porque necesites utilizar un apoyo, reducir el rango de movimiento o elegir una variación diferente.

De hecho, utilizar un bloque, una manta, una pared o simplemente decidir no llegar al máximo puede ser una decisión mucho más inteligente que forzar el cuerpo para conseguir una forma determinada.

La práctica no consiste en eliminar los límites del cuerpo. Consiste, entre otras cosas, en aprender a relacionarnos con ellos.

El verdadero avance puede ser aprender a parar

Hay algo paradójico en esto. A veces creemos que avanzar en yoga significa conseguir hacer más: más posturas, más profundidad, más flexibilidad, más tiempo, más dificultad.

Pero llega un momento en el que quizá avanzar significa otra cosa. Significa darte cuenta de que estás forzando y parar. Significa aceptar que hoy tu cuerpo necesita una versión diferente. Significa dejar de compararte con la persona de la esterilla de al lado. Significa no repetir una postura cinco veces más porque quieres conseguir la fotografía.

Y también puede significar practicar una postura que antes te obsesionaba y descubrir que ya no necesitas demostrar nada con ella.

Eso también es progreso. Y quizá sea un progreso mucho más profundo que conseguir poner un pie detrás de la cabeza.

Yoga con conciencia no significa hacer poco

A veces, cuando hablamos de escuchar al cuerpo, existe el riesgo de llevarlo al extremo contrario: «Si algo cuesta, no lo hago», «si estoy incómoda, paro», «tengo que estar siempre cómoda».

Pero escuchar al cuerpo no significa evitar cualquier esfuerzo.

El yoga también puede pedirte disciplina, constancia, fuerza, paciencia y compromiso. Hay momentos en los que necesitas salir de tu zona de confort. Hay músculos que necesitan trabajar y movimientos que necesitan entrenamiento.

La cuestión es saber distinguir entre esfuerzo y violencia contra el cuerpo. Entre una incomodidad propia de un proceso de aprendizaje y una señal de alarma. Entre trabajar para desarrollar una capacidad y forzar una articulación para conseguir una forma. Entre practicar porque quieres explorar y practicar porque necesitas demostrar.

Ahí es donde entra la conciencia.

El yoga que no se ve en Instagram

Hay una parte del yoga que no suele quedar demasiado bien en una fotografía: respirar, esperar, repetir, modificar, fortalecer, aceptar, observar y parar.

También está el volver al día siguiente. Practicar una versión mucho más sencilla porque hoy es la que necesitas. Cambiar una postura que llevabas meses haciendo de una determinada manera porque has descubierto algo nuevo sobre tu cuerpo.

Todo eso también es yoga.

Y, de hecho, quizá sea precisamente ahí donde la práctica empieza a dejar de depender de cómo se ve desde fuera.

Porque cuando dejas de practicar para conseguir una determinada imagen, puedes empezar a preguntarte qué necesitas realmente.

Y esa pregunta cambia muchas cosas.

Quizá la postura más avanzada sea la que puedes habitar con conciencia

No creo que el problema sean las posturas avanzadas. Una postura compleja puede ser una herramienta maravillosa para desarrollar fuerza, movilidad, concentración, coordinación y atención.

El problema aparece cuando confundimos la postura con el objetivo. Cuando pensamos que cuanto más espectacular es la forma, más avanzada es nuestra práctica. Cuando dejamos de escuchar al cuerpo para parecernos a otra persona. Cuando utilizamos nuestra flexibilidad para ir cada vez más lejos sin preguntarnos si podemos controlar y sostener ese rango.

Y también cuando el ego empieza a dirigir la práctica mientras nosotros creemos que estamos practicando yoga.

Quizá una práctica verdaderamente avanzada no sea la que consigue la postura más impresionante. Quizá sea aquella en la que puedes entrar en una postura difícil y seguir escuchando. Puedes esforzarte sin violentarte. Puedes avanzar sin compararte. Puedes querer conseguir algo y, al mismo tiempo, aceptar que hoy no toca.

Puedes reconocer tus capacidades sin convertirlas en una competición. Y puedes salir de la esterilla sintiendo que has aprendido algo sobre ti, no solamente que has conseguido colocar tu cuerpo de una determinada manera.

Porque al final, de eso va el yoga con conciencia: de utilizar el cuerpo para conocerte mejor, no de utilizar el cuerpo para demostrar cuánto puedes hacer.

Y quizá esa sea una de las formas más profundas de avanzar en yoga.

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Te agradezco mucho que hayas decidido compartir este ratito de yoga conmigo, me encantará que me dejes un comentario en Spotify, en Youtube o en nuesto canal de Telegram y sobretodo, muchas gracias por unirte a La Escuela online en Enyógate.com, porque de esa manera lo que hago cobra sentido y además me ayudas a que pueda seguir ofreciendo espacios como este.

Te espero en el próximo episodio. Que tengas un día estupendo, consciente y lleno de sentido. Namasté.

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