Meditar no es dejar la mente en blanco: por qué sí puedes meditar


Episodio 120. Meditar no es dejar la mente en blanco: por qué sí puedes meditar

En el episodio de hoy del podcast quiero hablarte de una de las ideas que más daño ha hecho a la práctica de la meditación: la creencia de que meditar consiste en dejar la mente en blanco.
Una idea aparentemente inocente, pero que, en la práctica, es responsable de que muchas personas abandonen, se frustren o lleguen a pensar que la meditación “no es para ellas”.

Si alguna vez te has sentado a meditar con buena intención, has cerrado los ojos… y a los dos minutos has pensado “esto no me sale”, este episodio —y este artículo— es para ti.

Pero antes de empezar te voy a invitar a echar un vistazo los cursos de yoga online en los que te enseño a tener una práctica personal adaptada a tus necesidades, con una guía clara, para recupera tu paz interior y vivir con mayor propósito gracias al yoga, la meditación y el camino del autoconocimiento.

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Cuando te sientas a meditar y la mente no se calla

Te sientas un rato porque sabes que te vendría bien. Quizá lo has leído, quizá te lo han recomendado, quizá ya no puedes más con el ruido mental, el estrés o esa sensación de ir siempre corriendo por dentro.

Cierras los ojos.
Respiras hondo.
Y entonces… aparece la lista de la compra, una conversación pendiente, algo que te molesta del trabajo, un recuerdo, un pensamiento detrás de otro.

Empiezas a inquietarte.

“No paro de pensar.”
“No consigo concentrarme.”
“Mi mente no se calla.”

Y, casi sin darte cuenta, aparece la conclusión silenciosa: “Estoy haciendo algo mal”.

Muchas personas llegan a la meditación buscando calma, descanso, silencio. Y cuando no lo encuentran de inmediato, sienten que han fallado. Algunas lo intentan unos días más. Otras abandonan. Otras siguen, pero con una sensación constante de estar forzando algo.

Porque nadie les explicó algo fundamental: que la mente no se queda en blanco cuando meditamos, y que ese no es el objetivo.

La exigencia también se cuela en la meditación

Aquí es donde la cosa se pone interesante.

Vivimos en una cultura profundamente orientada al resultado. Todo tiene que servir para algo, mejorar algo, optimizar algo. Y, sin darnos cuenta, llevamos esa mentalidad también a la meditación.

Queremos:

  • hacerlo bien
  • notar efectos rápidos
  • sentir calma cuanto antes

Y si no pasa, pensamos que no vale, que no sabemos, que no tenemos la mente adecuada.

La meditación se convierte así en otra tarea más que cumplir. Otra cosa que debería funcionar. Otro espacio donde medirnos.

Además, solemos confundir conceptos:

  • Confundimos presencia con silencio mental.
  • Confundimos calma con ausencia de pensamientos.
  • Confundimos meditar con controlar la mente.

Y desde ahí es normal frustrarse.

Porque la mente, cuando paras, no se calma. Muchas veces ocurre justo lo contrario: parece moverse más. Aparece lo que durante el día estaba tapado por el ruido, las prisas y las distracciones.

Esto no es un error de la práctica.
Es parte del proceso.

El verdadero problema no es que la mente piense.
El verdadero problema es la relación de lucha que tenemos con ella.

Queremos que se calle, que obedezca, que se comporte. Y cuanto más intentamos controlarla, más evidente se hace su movimiento. Eso genera rechazo, tensión, juicio. Y así, la meditación deja de ser un espacio de encuentro para convertirse en un campo de batalla.

Una mirada distinta a la meditación

Aquí es donde necesitamos cambiar el marco por completo.

Meditar no es vaciar la mente

Desde la tradición del yoga y la meditación, meditar nunca ha sido dejar la mente en blanco. La mente piensa. Es su naturaleza. Pretender que no lo haga es como pedirle al corazón que no lata.

Meditar es darte cuenta.

Darte cuenta de lo que aparece: pensamientos, sensaciones, emociones, resistencias. Sin tener que empujarlo fuera. Sin tener que arreglarlo. Sin tener que huir.

En lugar de preguntarte “¿por qué no consigo dejar de pensar?”, la meditación te invita a otra pregunta mucho más honesta:
“¿Desde dónde me relaciono con lo que pienso?”

Lo que pasa realmente cuando te sientas a meditar

Cuando paras y te sientas, la mente no empieza a pensar más. Simplemente te das cuenta de cuánto piensa.

Durante el día, gran parte de nuestra actividad mental pasa desapercibida porque estamos ocupados: trabajando, hablando, mirando el móvil, resolviendo cosas. Al sentarte en silencio, todo eso queda al descubierto.

Y eso puede incomodar.

Pero esa incomodidad no significa que lo estés haciendo mal. Significa que estás viendo con claridad.

Un ejemplo muy sencillo:
imagina que estás sentada al lado de una carretera. Los coches pasan constantemente. Meditar no es hacer desaparecer los coches. Es sentarte en el arcén y observarlos pasar sin subirte a ninguno.

Los pensamientos siguen apareciendo, pero tú no tienes que irte con ellos.

Ahí empieza la práctica.

El verdadero cambio no está en la mente, sino en la actitud

El cambio profundo que propone la meditación no es mental, es relacional.

Pasar de:

  • exigencia a curiosidad
  • lucha a presencia
  • juicio a amabilidad

No se trata de conseguir una experiencia especial. Se trata de aprender a estar con lo que hay, incluso cuando no es agradable, incluso cuando no es tranquilo.

Y esto, poco a poco, transforma mucho más que cualquier intento de “parar la mente”.

Integrar la meditación en la vida real (sin idealizarla)

Otro de los grandes malentendidos es pensar que la meditación solo ocurre cuando te sientas con los ojos cerrados.

La práctica es mucho más. Es presencia.

Es cuando te das cuenta de que estás tensa y no te fuerzas a seguir.
Cuando notas que estás reaccionando en automático y paras medio segundo.
Cuando respiras antes de contestar.
Cuando te escuchas sin corregirte.

La meditación no te pide que cambies tu mente.
Te invita a que cambies la forma de relacionarte con ella.

Y eso no sucede de golpe. Sucede con práctica, con paciencia y, sobre todo, con acompañamiento.

Meditar acompañado: cuando la práctica deja de ser una exigencia

Muchas personas abandonan la meditación no porque no puedan meditar, sino porque la intentan practicar desde la autoexigencia.

Creen que tienen que hacerlo solas, que deberían saber, que si no les sale es porque no sirven para esto.

Y no es así.

Aprender a meditar es aprender una relación nueva contigo misma. Y eso, como todo lo importante, necesita tiempo, contexto y guía.

Por eso en mi curso de meditación Mente en calma, mente feliz acompaño el proceso paso a paso, sin idealizar la práctica y sin pedirte que seas distinta de lo que ya eres. Con una mente normal. Con días buenos y días revueltos. Con presencia, no con perfección.

Porque la meditación no empieza cuando la mente se vacía y se queda en blanco.
Empieza cuando dejas de pelearte con ella.

Y desde ahí, curiosamente, empieza a aparecer algo mucho más valioso que el silencio: la posibilidad de estar en paz contigo, tal y como estás. Y eso no tiene precio.

Te agradezco mucho que hayas decidido compartir este ratito de yoga conmigo, me encantará que me dejes un comentario en Spotify, en Youtube o en nuesto canal de Telegram y sobretodo, muchas gracias por unirte a La Escuela online en Enyógate.com, porque de esa manera lo que hago cobra sentido y además me ayudas a que pueda seguir ofreciendo espacios como este.

Te espero en el próximo episodio. Que tengas un día estupendo, consciente y lleno de sentido. Namasté.

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